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Mensaje ilustrado

TÍTULO: La Multa

OBJETO: Una señal de tráfico límite de velocidad 120 km/h

DOCTRINA: Justificación

HISTORIA CON EL OBJETO

Me encanta conducir y durante un tiempo me tocaba conducir de una punta a otra de España. Iba yo tan tranquilo de Salamanca a Castellón cuando me di cuenta que al adelantar a un coche, me echaban una foto. Me sorprendí porque no soy famoso, ni siquiera muy guapo. Por tanto me extrañé de que alguien quisiese fotografiarme. Resulta que era un radar que me había “pillado” corriendo a 140 km/h y me multaron.

TRANSICIÓN A LO ESPIRITUAL

Yo no podía argumentarle al policía: Hombre, yo siempre cumplo con los semáforos, paro en todos los stops, normalmente respeto la velocidad, y en general soy un buen conductor. El hacer cosas buenas no me exime de la culpa por quebrantar las leyes de tráfico.  Es así con nuestras vidas también.

EL PROBLEMA (LEY)

Un día estaremos siendo evaluados por otra ley, porque todos vamos a morir y entonces tendremos que enfrentar el juicio de Dios. Seremos juzgados por las leyes de Dios. Conoces esa ley. No mentirás, no robarás, no codiciarás, amarás a Dios sobre todas las cosas. Cada vez que has quebrantado uno de estos mandamientos mereces una multa. La multa que yo tuve de tráfico fueron 100 euros. Pero la multa que tenemos ante Dios es eterna. Imagínate la multa que hemos acarreado durante toda la vida.

LAS CONSECUENCIAS (ETERNIDAD)

Yo tenía dos formas de pagar mi multa, la primera es pagarla yo y la segunda que alguien que pueda me la pague. La multa que tenemos ante Dios es igual. La primera opción es que tú la pagues. Al final de tu vida tendrás que pagar tu propia multa con una separación eterna de Dios en un lugar horrible llamado infierno.

LA SOLUCIÓN (CRUZ)

Pero la otra posibilidad es que alguien que pueda te la pague, pero tiene que ser una persona que no tiene su propia multa. Y esa persona SÓLO puede ser Jesús. Él vivió una vida perfecta y murió en la cruz para pagar tu multa y la mía.   

LLAMADO (ARREPENTIMIENTO Y FE)

Por tanto si quieres que Cristo pague tu multa, renuncia el pecado que te ha llevado a ser culpable ante Dios, y entrégale tu vida. Si de verdad haces esto de corazón, verás tu vida transformarse, y verás un día como Dios te acepta en su casa con todas tus deudas pagadas. ¿Qué harás?

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